El Protectorado Español de Marruecos bajo la Segunda República Española

(by Jokin L.B.)

  1. 1.    Introducción
  • Marruecos al comienzo del siglo XX.

Marruecos, pese a su evidente decadencia militar, derrotado por Francia en 1844 y por España en 1860, fue el único país afro-árabe islámico que no fue conquistado por el Imperio Otomano. Estaba bajo la autoridad civil y religiosa de un sultán. España estuvo interesado por Marruecos ya desde la Edad Moderna, a principios del siglo XX, sin recuperarse todavía del golpe psicológico que supuso la pérdida de Cuba y las Filipinas en 1898, el deseo de los colonialistas hispanos era rehacer su imperio allá donde se podía. Ese lugar era África, que estaba siendo repartida entre las potencias europeas, España decidió no quedarse fuera en ese reparto. En 1904, se dieron una serie de pactos secretos entre Francia, Italia y España, en el que se repartían el Magreb y de hecho, todo el norte de África, interesado en el norte marroquí por motivos de “seguridad”, por interés económico y debido también a lo débil y atrasado del enemigo, España intentó apoderarse de la escasa franja terrenal que le permitió Francia. Se trataba de un territorio casi desconocido, con más de 60 cabilas que en su gran mayoría se oponía a la presencia europea. Ya desde muy temprano, comenzaron las hostilidades, contando anteriormente con algunas escaramuzas en el campo, el 20 de julio de 1909 los rifeños lanzaron un ataque general a Melilla, en la que murieron 800 soldados españoles. Las reyertas continuaron hasta que el recién nombrado presidente, el liberal Moret, llegó a un tratado con el sultán marroquí al año siguiente, por el que aparentemente, se finalizaban las hostilidades. En 1911, aprovechando que hubo varios desórdenes en Fez, Francia intervino en Marruecos hasta llegar a Alcazarquivir, por lo que España envió tropas para ocupar formalmente el distrito de Larache[1].

La opinión pública española estaba sumergida en una actitud contraria a la intervención militar en África, creándose varios disturbios (La Semana Trágica, 1909) a raíz del envío de tropas. Para salir del paso, en 1911 el coronel Berenguer creó una nueva unidad de tropas moras, los Regulares, que fueron enviados a Melilla. Aunque los primeros alistamientos en los cadíes fueran lentos y escasos, al no hacer selección de los reclutas hubo combatientes de lo más variado: huidos de la justicia, desertores de la mehala, ladrones… para 1922 ya se contaba con unos 7.000 regulares. En enero de 1912 se creó una oficina de asuntos indígenas, denominada Subinspección de Tropas y Asuntos Indígenas de Melilla, de la que dependía la Policía Indígena.

  • La herencia de la monarquía: El protectorado desde el Convenio hispano-francés de 1912 hasta la II República Española

El 30 de marzo de 1912, se dio el tratado de Fez entre Francia y Marruecos, estableciéndose el Protectorado Francés con la complacencia de la comunidad internacional y significó también la creación de lo que sería el Protectorado Español, ya el 27 de noviembre. La asignación a España del norte de Marruecos no era tanto un acto de imposición, como un efecto de las relaciones internacionales y la carrera colonial entre las distintas potencias europeas. Así, a Francia no le interesaba la presencia de los ingleses, alemanes o americanos, en cambio para estos, España podría ejercer una función de barrera a la expansión francesa. Ifni, que todavía no se había efectuado la ocupación y el Sahara Occidental, no del todo ocupado, pasaron igual que el norte de Marruecos, a manos españolas. Se llegó a un acuerdo con el sultán: en teoría, la zona hispana continuaría “bajo la autoridad civil y religiosa del sultán” y sería administrada por un jalifa nombrado por el sultán, elegido entre dos candidatos presentados por el Gobierno Español. Así, Marruecos se convirtió en un Estado protegido, estando repartida esa protección entre Francia y España. En la práctica, serán las autoridades españolas las que gobernasen el territorio, como hacían los franceses en el sur.  Se fijó la capital en Tetuán, que era sede del jalifa. En este caso no podemos hablar de una colonia de establecimiento, como sí lo fueron Australia, Canadá, Argelia o Sudáfrica, pero sí que se puede hablar de una colonia de ocupación, donde una pequeña élite de funcionarios extranjeros y un ejército se instala para supervisar a la población local en distintos grados. El concepto de protectorado surgió en la segunda mitad del siglo XIX como fórmula colonizadora que justificaba la legitimidad de civilizar a las poblaciones “atrasadas”. Ésta forma se distingue de la anexión, donde la zona colonizada entraba a formar parte de la metrópolis. El estado protegido, goza de la soberanía, pero no puede ejercerla. Es la condición para conducir la “reforma” y que el Estado protegido evolucione hacia un estado moderno. La razón por la que se decidió establecer el sistema del protectorado y no el de colonia,  suponemos que radica en que la fórmula directa era más costosa. El protectorado, la fórmula indirecta, era un sistema más “económico”, ya que se utilizaba los dispositivos autóctonos sin tener que establecer una red administrativa nueva. Los colonizadores por el contrario, no calcularon que la red local existente no mantenía el control total del territorio marroquí y no podía subordinar fácilmente a las cabilas del Rif. Los tratos con las élites avenidas al pacto hablaban de introducir la modernización, pero en la mayoría de las situaciones se producía la alianza con los conservadores, más influyentes en la mayoría campesina, defensores de los privilegios.

El Protectorado Español de Marruecos, por su entidad jurídica, no se convierte en provincia española (como sucederá con el Sáhara), ni en colonia autogobernada. El gobierno, observaba a Marruecos como una posesión de derecho “natural”, en tanto que extensión de España[2]. La zona asignada a España no tenía una unidad particular, separaba cabilas entre la zona española y francesa, y se construía por encima de las relaciones políticas entre el sultán y las cabilas. Tanto ésta como otras dimensiones (religiosa, lingüística, étnica) fueron empleadas según los intereses estratégicos del momento, bien para separar (en el caso de la Guerra del Rif) o bien para unir (bajo la autoridad del Sultán).

Conforme la presencia española se hacía cada vez mayor, fueron saliendo a la luz diversas tensiones que acabaron en violencia, se siguieron reclutando tropas regulares, utilizándolos para ampliar la zona de ocupación al este del Rif, encontrándose con la resistencia nativa comandada por Abd el Krim, comenzando la llamada Guerra del Rif que duraría hasta 1926. Una vez “pacificada” la zona, se creó en 1927 la Dirección General de Marruecos y Colonias, la Policía mora desapareció al integrarse en las mehalas y para mantener el orden, se crean las Fuerzas de Intervención Militares o áscaris de las Intervenciones.[3] El fin de la guerra significó que se dividió el Protectorado en cinco áreas: Yebala, con capital en Tetuán; Lucus, capital en Larache; el Rif, capital en Villa Sanjurjo (Alhucemas) y Kert, capital Nador. Los interventores desarmaron las cabilas a partir de 1927, reemplazando a los caídes partidarios de Abd el Krim, por los caídes “amigos” de España.

El Protectorado Español de Marruecos, con  45.000 km2, a los que 25.600 correspondían a la zona sur, contaba ya para  1932 con 700.561 habitantes, con una media de 35,64 por kilómetro cuadrado. La mayoría, el 82,36%, vivía en el campo, pero ya se apreciaba un proceso de urbanización que hizo crecer notablemente el número de habitantes de las cinco ciudades tradicionales de la zona, Tetuán, Larache, Alcazarquivir, Arcila y Xauen. Tetuán estaba ya próxima a los 50.000 habitantes y Larache 30.000. De la población urbana, que ascendía a 140.312 ciudadanos, 41.660 eran españoles y 635 europeos de otras nacionalidades. Los marroquíes se dividían en 85.099 musulmanes y 12.918 hebreos. Los españoles pues, llegaban al 29.70% de la población urbana, siendo el 5,58% de la población del Protectorado. El proceso de urbanización era palpable en las ciudades ya desde comienzos de siglo, en el campo en cambio, el progreso se notaba menos. La superficie cultivada crecía, pero moderadamente. El cultivo predominante era el sorgo en la Región Occidental y en Yebala y la cebada en las regiones de Gomara, el Rif y el Kert. La producción era altamente deficitaria en trigo y maíz, moderadamente en cebada y leguminosas y únicamente se producían excedentes de sorgo, por lo que tenían la necesidad de importar grano para alimentar a la población. Parece que se produjo una importante caída de los efectivos ganaderos durante la guerra del 36. La riqueza forestal no era demasiado importante, pero era apreciada por ser abundante en alcornoques y esparto. La pesca tampoco iba del todo bien, todavía en 1940, se seguía importando pescado para cubrir las necesidades de las ciudades más importantes. Pero la atención y el capital de los europeos se centro sobre todo en la minería. Marruecos era rico en minerales de hierro, plomo, antimonio, manganeso y grafito, la extracción se aceleró durante la Guerra Civil Española, llegando a las cotas más altas hasta el momento. Los compradores principales no eran los españoles, si no que los franceses, italianos, holandeses, alemanes y británicos, siendo estos últimos los principales compradores durante los años de la República. El nivel industrial seguía siendo bajo, en toda la zona, sólo existían una central hidráulica y trece térmicas, al no haber apenas industria, la producción se dirigía al alumbrado y consumo doméstico. Aumentaban las sociedades que se inscribían en los registros mercantiles o ampliaban su capital, pero la balanza comercial seguía con ese marcado desnivel con predominio de las importaciones, pero la distancia se iba reduciendo paulatinamente durante los años treinta. Naturalmente, en ese comercio era predominante la relación con España. En general, se trataba de una tierra económicamente pobre, los recursos tenían que venir del tesoro español.

El Gobierno puso el acento en el campo de las comunicaciones ya desde que se instauró el Protectorado, tanto por razones militares como imperativos económicos. En el ámbito marítimo, se mejoraron las escasas instalaciones portuarias y se crearon nuevas. En el ámbito terrestre, que es donde el desarrollo fue bastante mayor, se construyó una red ferroviaria que unía las salidas al mar con las ciudades y éstas con las minas, pero la atención del público se dirigió a la carretera, dejando casi a un lado a los trenes. El turismo fue creciendo poco a poco, se creó un servicio de correos, la red telegráfica y telefónica hicieron acto de presencia… pero todas estas mejoras siguieron un esquema colonial a la hora de ser implantadas, por ejemplo, unieron las cabilas con las ciudades mediante carreteras menores que se entrecruzaban con las principales, pero los medios de comunicación entre los poblados era muy pobre[4].

  1. 2.    La II. República 
  • Reformas y contrarreformas

Políticamente y administrativamente, los años de la República en Marruecos fueron bastante caóticos debido a los sucesivos cambios en las estructuras administrativas y burocráticas del Protectorado a base de diferentes leyes y decretos, suprimiendo en no pocas ocasiones las más recientes a las anteriores. Estos cambios son reflejo de la disputa continua y falta de unidad y de entendimiento entre los grandes partidos políticos españoles que estuvieron en el gobierno, los cuales poco a poco fueron concentrándose en dos grupos totalmente opuestos, detonando esas tensiones acumuladas, primero en la Revolución de 1934 y finalmente en el alzamiento de julio de 1936, el cual destruyó a la Segunda República Española.

  • El Gobierno provisional y el Bienio Progresista

La proclamación de la república fue recibida con gran expectación en Marruecos, anteriormente, los sujetos que ahora estaban en el poder se habían distinguido por la oposición frontal a cualquier empresa española en Ultramar y muy concretamente a la implantación del Protectorado. Todo ello permitía suponer que pudieran producirse cambios en la política africana de España. Para sorpresa de los marroquíes, los nuevos dirigentes del país se apresuraron a declarar que se respetarían todos los tratados internacionales anteriores. El general Gómez Jordana, al frente de la Alta Comisaría del protectorado, presentó su dimisión y abandonó Tetuán, donde se produjeron algunos disturbios. El puesto vacante fue cubierto el 23 de abril por el general Sanjurjo, decretando el estado de sitio para el Protectorado y el Ayuntamiento socialista de Melilla mantuvo una milicia civil armada hasta el 28 del mismo mes. Con estos hechos, el gobierno dio a entender que no pretendía cambiar nada importante.

La agitación entre los nativos se extendía y el 3 de mayo en Tetuán, se declararon en huelga los trabajadores del servicio de agua y de la construcción, en petición de que se les aplicara la legislación laboral española que anunciaba el nuevo ministro de trabajo, Largo Caballero. Los huelguistas se manifestaron violentamente y se temió por un nuevo levantamiento de las cabilas, intervinieron las fuerzas jalifianas y el choque se saldó con un muerto y varios heridos entre los alborotadores. Vista la situación, Sanjurjo declaró el estado de guerra, ordenó a las tropas que ocuparan la ciudad, especialmente el barrio moro, y desarticuló los planes de los rebeldes. Restablecido el orden declaró:

Marruecos no es España. No puede ser, como España, teatro de luchas políticas. Hoy, afortunadamente, los moros no tienen armas, pero esa no es una garantía bastante de que no se promoverá un verdadero estado de guerra. No puede haber más que una política: autoridad y justicia por parte del protector, sumisión y orden por parte del protegido[5].

Esta política tranquilizó bastante a las potencias coloniales de Europa, que temían que con el nuevo gobierno de izquierdas, se pusiese en práctica una política diferente a la establecida anteriormente, perjudicando indirectamente al resto de los países que tenían colonias. Por decreto de 16 de junio se separaron las funciones del Alto Comisario de las del Jefe Superior de las Fuerzas Militares y se nombró para sustituir al general Sanjurjo, a Luciano López Ferrer. A éste, se le asignaba la misión de “velar por el mantenimiento del orden en las zonas del Protectorado asignadas a España por los acuerdos internacionales vigentes” ya para que pudiera hacerlo, quedaban bajo su control y autoridad las fuerzas militares. También se mantenía su autoridad en las ciudades de soberanía de Ceuta y Melilla. Dos días después se reorganizaban los Servicios de la Dirección General de Marruecos y Colonias, el Director General, elegido por el Jefe del Gobierno, resolvería todos los asuntos que no fueran cuestión de decreto o proyecto de ley y se relacionaría directamente con el Alto Comisario y lo Gobernadores Generales del Sahara y Guinea[6].

Políticamente, se dividía el Protectorado en regiones civiles y militares y estas últimas en sectores, dependiendo de su posición geográfica, la disposición de las cabillas y su mayor o menor grado de pacificación. En cada región, las funciones políticas, judiciales y administrativas cerca de las autoridades indígenas y el puesto de director de todos los servicios estaba en manos de un interventor, delegado del Alto Comisario. También sería el jefe de las unidades indígenas regulares y de la policía jalifiana. Siguiendo un esquema muy parecido al de los años de Primo de Rivera, los órganos de gobierno serían la Secretaria General, las Delegaciones de Asuntos Indígenas, Fomento, Hacienda e Intervenciones y Fuerzas Jalifianas y los gabinetes militar y diplomático. En 1930, se creó el ayuntamiento de Melilla y se restableció el de Ceuta, obteniendo las facultades propias de los restantes ayuntamientos, aunque recayese la facultad de inspección en el Alto Comisario. El 21 de mayo de 1931, se les equipararon las funciones de los restantes ayuntamientos españoles y ya en enero de 1932, Ceuta pasó a ser parte de la provincia de Cádiz y Melilla de Málaga. Tras las reyertas con los obreros en abril y mayo del 31[7], reinaba la calma, los caídes y la población aceptaron de buen grado la situación y sus aspiraciones más avariciosas residían en obtener un autonomismo moderado. La mayoría de las peticiones hechas por varios notables marroquíes al presidente Alcalá Zamora, basados especialmente en las libertades democráticas, escuelas de enseñanza primaria, préstamos agrícolas para el campesino, igual salario que el de los españoles, ayudas sociales, aumento de las instituciones sanitarias…, ya estaban en los programas elaborados desde años atrás. Pero de ninguna manera estaba el Gobierno dispuesto, a conceder la igualdad jurídica entre españoles y marroquíes. Este hecho y la iniciativa de la República de dar facilidades a los judíos para que se instalasen en el Protectorado, hicieron mella en las esperanzas y el optimismo de los nativos respecto al Estado Español.

En cuanto a las fuerzas militares, bajo la Jefatura Superior y el Alto Comisario con sede en Ceuta, se encontraban dos circunscripciones militares: La Circunscripción Oriental, con sede en Melilla y dividida en dos partes, la que comprendía Melilla y su territorio circundante, y la que comprendía el Rif (con sede en Villa Alhucemas) y la Circunscripción Occidental, con sede en Tetuán y dividida también en dos partes: Ceuta-Tetuán y Larache. En el protectorado marroquí coexistían fuerzas de reclutamiento ordinario, entre las cuales figuraban:

-6 batallones de Cazadores

-2 batallones de Ametralladoras

-2 batallones de agrupaciones de Artillería

-2 batallones de Ingenieros

-3 grupos de Intendencia y tres de Sanidad.

Por otro lado están los de reclutamiento especial, entre los cuales se encontraban:

-2 legiones (regimientos) del Tercio de Extranjeros, a tres Banderas (regimientos) cada una.

-5 grupos de Regulares, con tres Tabores (batallones) de Infantería y un Tabor de Caballería cada uno.

-5 mehalas jalifianas, también conocidas como Fuerzas jalifianas.

Manuel Azaña veía claro el enorme gasto que suponía el ejército, por ello, señaló que lo más urgente era reducir los gastos militares, su propósito era suprimir en Marruecos toda la tropa de reemplazo y sustituirla por “voluntarios para la paz y seguridad de Marruecos”. El programa no era nuevo, pero cogió mucha fuerza, en palabras del Jefe de Estado:

Lo que pienso hacer es estimular en las fuerzas peninsulares el servicio voluntario en Marruecos y con el soldado colonizarlo, pues no  veo por qué habiendo colonizado los españoles la provincia de Orán, en Argelia, no van a ser capaces nuestros campesinos, después de prestar el servicio militar voluntario, de colonizar, en lo que se preciso, la zona de nuestro Protectorado en África.[8]

En su opinión, lo importante era hacer estudios agronómicos, trabajos de sanidad, escuelas y occidentalizar y urbanizar las ciudades. El 13 de mayo las Cortes aprobaron una ley en virtud de la cual las fuerzas militares de Marruecos se nutrirían con voluntarios que se comprometerían a servir durante cuatro años prorrogables. Así, al licenciarse, los que hubiesen tenido buena conducta tendrían derecho preferente a la hora de ingresar en los cuerpos de la Guardia Civil, Carabineros y Seguridad y los que hubiesen cumplido más de doce años de servicios militares en Marruecos, se les concedería por cortesía del Gobierno los aperos de labranza necesarios y terrenos en el Protectorado, para que se pudiesen instalar en calidad de colonos[9]. En cuanto a la economía, se siguió en la construcción de la carretera Tetuán-Melilla, obra clave del programa de Obras Públicas del 28 y que permitía entrelazar, a través de otras carreteras secundarias, a todas las cabilas diseminadas en las montañas y que vivían prácticamente aisladas de los centros urbanos. En otoño de 1932 se repartieron permisos a varias compañías que ya explotaban minas de hierro, plomo y antimonio para que investigasen la posible existencia de nuevas vetas de hierro, de plomo, de cobre, de antimonio y de petróleo en Marruecos, las investigaciones no obtuvieron demasiado éxito. En el verano de 1933, Casares Quiroga dijo que el Gobierno estudiaba un plan para hacer del norte del Protectorado una expansión de la industria y el comercio español.

Pero aún y todo, el gobierno republicano en Madrid, había hecho poco en lo relativo al desarrollo económico, limitándose a dar cumplimiento a las obras en curso de 1928, pero sí que se avanzó en lo referente al sistema de educativo y el proceso de urbanización. En el primer caso, no hubo grandes cambios y contradicciones a cada cambio de gobierno, como ocurrirá con el resto del aparato administrativo. Parece ser que tanto los republicanos de izquierda como de derecha, estaban a favor del progreso de la cultura. El proceso comienza el 9 de octubre de 1931, creando el Instituto Español de Enseñanza Superior Hispano-Marroquí de Ceuta, en el que albergaban un Instituto Español de Segunda Enseñanza y una sección de Bachillerato marroquí que expedía títulos que daban derecho a ocupar puestos en la Administración del Protectorado y que eran exigidos para cursar las asignaturas del Diploma superior en las especialidades de letras, de medicina, de comercio, agrícola y una Sección de Estudios Hebreos que se creó por decreto de 24 de octubre de 1932. En Melilla por el contrario, se anuló por decreto de 7 de abril de 1932 la Escuela de Enseñanza General y Técnica, siendo sustituida por un Instituto de Segunda Enseñanza, una Escuela Primaria y las de Artes, Oficios, Trabajos Artísticos e Industrial, todas ellas idénticas en su organización a las restantes españolas. A partir del 21 de octubre de 1935 se reguló la enseñanza primaria religiosa en dichas ciudades y se reformaron las escuelas hispano-árabes e hispano-israelitas. En todo momento vemos como las ciudades de Ceuta y Melilla son tratadas de diferente manera al resto del Protectorado, creando confusiones y contradicciones sobre su estatus a medida que aparecían y se anulaban más y más decretos. Se procuró  la capacitación técnica del profesorado musulmán en las escuelas, obligándoles a cursar los cursos que a tal efecto se impartían en Tetuán y el 19 de octubre de 1934, se creó el Consejo Superior de Enseñanza Islámica. El 15 de febrero de 1935, se transformó la Academia de Árabe y Bereber (que nació en 1929) en Centro de Estudios Marroquíes. Dentro de España, por ley de 27 de enero de 1932, se impulsó la creación de las Escuelas de Estudios Árabes de Madrid y de Granada y de su órgano de expresión, la Revista Al-Ándalus[10].

En el ámbito urbano, se permitió crear juntas vecinales y municipales en varias ciudades y comunidades, ya desde diciembre de 1931. En todas ellas había vocales electivos, aunque siempre con predominio de la representación española, que ocupaba la mitad de los puestos. A finales del 35, con motivo de la situación económica, se constituyeron algunas Comisiones Gestoras.

Referente al ejército, Marruecos fue el campo de entrenamiento no sólo de Franco, sino de toda una generación de oficiales y suboficiales del ejército español, dando lugar también a una especie de rivalidad entre aquellos oficiales burócratas, que se habían quedado en las guarniciones peninsulares, y los llamados africanistas. A causa de la sublevación de Sanjurjo, fueron trasladados a Andalucía un tabor de infantería y un escuadrón de caballería del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Ceuta y los batallones de cazadores números 2 y 8, ambos con sendas compañías moras. No entraron en combate.

  • El Bienio Negro

Con el cambio de gobierno en 1933, también se cambió el Alto Comisario. Por decreto de 1934 se volvieron a incrementar las atribuciones de éste, reintegrándole en las del Gobernador General de Ceuta y Melilla con las competencias de los Gobernadores Civiles y con la de proponer el nombramiento de Delegados Gubernativos para esas plazas. Era volver a considerar como una unidad sin fisuras todo el territorio norteafricano. Se suprimía la Dirección General de Marruecos y Colonias, recayendo exclusivamente en el Alto Comisario la responsabilidad y la facultad de interpretar los criterios del Gobierno y ejecutar las decisiones del Presidente del Consejo de Ministros. Éste, contaría como elemento auxiliar con una Secretaría Técnica de Marruecos, que dispondría de una Sección Civil y un Negociado Militar. Complementado ha esta nueva reforma, estaba el decreto del 15 de febrero de 1935, en por el que se reorganizaban los servicios del Protectorado, que modificaba el de 29 de diciembre de 1931. El objetivo era otorgarle una mayor eficacia al funcionamiento de la Administración. Se reorganizó de nuevo política y administrativamente todo el territorio, en las zonas Norte y Sur, la primera dividida en las regiones Oriental, Rif, Occidental, Gomara y Yebala y la segunda en una única, la del Cabo Juby. Sus Secretarías Diplomática y Militar dependerían directamente del Alto Comisario. El decreto fue modificado por otros dos (11 de junio y 21 de octubre) formando un organismo autónomo la Inspección General y la Jefatura de los Servicios de las Aduanas, en las jurisdicciones de Ceuta y Melilla y sus puertos francos[11]. El 31 de diciembre de 1935, se suprimió también la Secretaría Técnica de Marruecos, sustituida por la que se llamó Dirección de Marruecos y Colonias, reuniendo en un solo centro los asuntos de los territorios españoles en África y evitar así, que territorios con características muy afines tuvieran distinta o doble dependencia. Se volvió en fin, al casi mismo sistema administrativo y político de tiempos de la Dictadura.

Al producirse la revolución de octubre, pasaron a la Península al mando del teniente coronel López Bravo, sustituido en el último momento por el teniente coronel Yagüe, el batallón de cazadores número 8 y sendos tabores de los Grupos de Regulares de Ceuta y Tetuán. Tuvieron que luchar en Asturias y participaron en la represión de los mineros. Los regulares fueron duramente criticados por la izquierda debido a su ferocidad y brutalidad, mientras que la derecha hacía comparaciones entre los rifeños rebeldes y los obreros revolucionarios, empleando también para referirse a la represión efectuada en Asturias el término de “pacificación”.

  • La Colonización de Ifni

Nada más producirse el cambio de gobierno en 1933, España viraría sus ojos hacia Ifni y a penetrar en el Sahara Occidental. La idea de su ocupación venía de lejos, en el caso de Sidi Ifni, desde el Tratado de Paz y Amistad entre España y Marruecos en 1860, en la que se reconocían el derecho español sobre el enclave de Santa Cruz de Mar Pequeña, que en teoría estaba situado frente a Fuerteventura y Lanzarote, pero finalmente se fijo su ubicación en Sidi Ifni. Su imprecisa localización, las dificultades que puso Francia para que se efectuara la colonización, las diversas crisis económicas y políticas que sufrió España (Annual fue la más reciente)… imposibilitaron que se efectuara la operación.  Pero en los años treinta la situación cambió, los franceses estaban inmersos en las guerras coloniales al sur de Atlas y tenían gran interés de que España hiciese efectiva la ocupación de sus posesiones para impedir que fueran utilizadas como refugio por los rebeldes al Sultán Azul. Los obstáculos puestos en los años anteriores se convirtieron en fuertes presiones y ya en 1932 amenazas, de conquistar ellos esas tierras si no lo hacía la República Española. Así pues, Azaña ordenó que se hiciera efectiva la ocupación y en Cabo Judy se organizó una expedición dirigida por el Gobernador General del Sahara y compuesta por tropas jalifianas, la expedición embarco el 1 de agosto, pero tuvo que volver el 4 al no recibir garantías de seguridad por parte del Sultán Azul.

Con la derecha en el gobierno, se decidió intentarlo de nuevo, pero esta vez con mayor fuerza y decisión. Se concentraron el 27 de marzo de 1934 en Cabo Judy, tres tabores de las mehalas de Tetuán y Xauen, una compañía de zapadores, una sección de transmisiones y dos baterías. La izquierda, ahora en la oposición, criticó el volumen de las fuerzas de la expedición, alegando que era innecesario para una empresa aparentemente pacífica. El seis de abril partieron hacia Ifni y ya el mismo día ondeaba la bandera tricolor en ella[12]. El 9 de abril desembarcaron 935 soldados de tres tabores de la mehala de Gomara, con intendencia, sanidad y transmisiones, ocupando el territorio de 2.000 km2 y 20.000 habitantes de tribus nómadas beréberes e islámicas. Era la primera vez en mucho tiempo, que en teoría (pues en teoría Marruecos era un protectorado, aunque en la práctica funcionase como si fuese una auténtica colonia) España ampliaba sus territorios. El acontecimiento fue bien acogido en España. Para guarnecer la colonia se creó el batallón de tiradores y la guardia civil de Ifni y una oficina de asuntos indígenas. Las tropas que habían efectuado la misión regresaron a Cabo Judy para completar la ocupación del Sahara Occidental, aunque no hubo necesidad de usarlas. En los años siguientes se completaría la ocupación del resto de los territorios españoles de África Occidental sin derramamiento de sangre. El Sultán Azul se refugió en Cabo Judy y gozó de la protección española.

  • El Frente Popular

Al triunfar el Frente Popular, con un notable éxito en Ceuta y Melilla, inició otro reordenamiento administrativo, decretado el 3 de julio de 1936, donde se restablece la Dirección General de Marruecos y Colonias, integrada por sendas Secretarías Técnicas para cada labor. El breve periodo de gestión del Protectorado por parte del Frente, no permitió que se efectuasen más cambios significativos al respecto. Arturo Álvarez Builla, capitán de Artillería y Aviación, ocupó el cargo de la Alta Comisaria, estando en el mismo puesto cuando estalló la sublevación.

  • Descontento de los marroquíes y las conspiraciones de los africanistas

En un principio, las preocupaciones de los marroquíes residían en la excesiva protección de los israelitas por parte de la República. Tomaban como provocación el dinamismo de la Escuela Hispano-Hebrea, surgieron manifestaciones y protestas, en las que pedían una autonomía especial para los cadíes, disminución de los impuestos, aceleración de la implantación de la enseñanza primaria, incremento de presencia marroquí en las Juntas Administrativas, el control de la población hebrea y la abolición del dahir bereber.[13]Se creó un movimiento en el sur de la colonia, naciendo en 1934 el Comité de Acción Marroquí, base del Partido Nacionalista que apareció en marzo de 1937. Fue declarado ilegal por el gobierno de Burgos. Todas las peticiones del Comité estaban ya en las mentes de los gobernantes de la España republicana, pero la situación económica los hacía progresar con extrema lentitud. En el tema de los impuestos, la tendencia era la contraria.

Conforme avanzaban los años treinta, la labor de la República en Marruecos fue víctima de críticas generales. Los izquierdistas más radicales no entendían como, tras años de oposición al “colonialismo” se siguiese una política idéntica a la de Alfonso XIII y Primo de Rivera y se quejaban de que tampoco se mejoraron los rendimientos del Protectorado. Las quejas estaban dirigidas a los funcionarios que trabajaban en Marruecos, se decía que la mayoría de éstos desconocían los usos y costumbres locales, el derecho musulmán, la economía de las comarcas que regían y los idiomas de los nativos. La verdad es que, las pruebas para ingresar en el Cuerpo único de Interventores constituido en 1934, eran cada vez más exigentes, especialmente para los puestos superiores. Cada vez era mayor la preparación de aquellos hombres. Los anarquistas, también tenían algo que decir, se quejaban de que se habían descuidado los trabajos de colonización y desarrollo económico hasta niveles de abandono. La política que se efectuó impidió el progreso de colonización, así lo muestran las cifras de los préstamos obtenidos del Crédito Agrícola año tras año, en el cuatrienio de 1928/1931 se superaba el millón, en 1932 descendieron a 254.000 pesetas, en 1933 a 144.000, en 1934 a 242.000 y en 1935 a 227.000. Las quejas se extendían también al sistema de sanidad. Es cierto que se crearon estaciones sanitarias en las ciudades y consultorios en la zona rural, pero especialmente en el campo, faltaban médicos. Esa escasez era cubierta anteriormente por los médicos de la sanidad militar, pero tras la reducción de los efectivos militares de Marruecos, no hubo médicos civiles que los reemplazaran[14]. Quedaba a favor la gran reforma de la enseñanza, pero sus resultados no eran todavía visibles.

Lo que veían los indígenas era, el gran colapso de la actividad económica que trajo consigo el cierre de varios establecimientos industriales y comerciales y la crisis de la construcción, lo que trajo una subida increíble de la tasa del paro. Como bien dijo Azaña, durante la guerra, las fuerzas militares estacionadas en el Protectorado efectuaban unos gastos y unos consumos, que llevó a la prosperidad mayormente al comercio y artesanía local. La pacificación trajo la reducción de esas ganancias y la subida del desempleo y con ello, la hostilidad de los marroquíes hacia el Gobierno, hostilidad plasmada como hemos visto, en las intervenciones de los regulares en la península en 1932, en 1934 y sobre todo en 1936, del cual hablaremos en el siguiente apartado. Veremos pues, que esta situación de crisis económica y la defraudación y desencanto para con la República, les vino como anillo al dedo a los generales que participaron en el alzamiento de 1936, ya que aseguraron desde el primer día todo el Protectorado para su causa, cosa que ocurrió de manera parecida en algunas regiones de España.

3.    La sublevación de julio de 1936 en Marruecos

El 17 de julio de 1936 se produjo en Melilla la sublevación que desencadenó la guerra civil. Las fuerzas militares de Marruecos, desobedeciendo a sus jefes naturales (el Alto Comisario en funciones, Álvarez Builla y el General Jefe Gómez Morato) se rebelaron, los detuvieron y se hicieron cargo del poder ante la mirada benévola de la población, incluida en ella la minoría reformista. Los jefes militares rebeldes consiguieron enseguida el apoyo del califa Mulai Hassan, la principal autoridad nativa y del Gran Visir Sidi Ahmed el Jauinia. Se produjo un momento de grave tensión en Tetuán cuando al siguiente día, a raíz de un bombardeo por aviones gubernamentales, una tumultuosa manifestación se congregó ante el edificio de la Alta Comisaría en actitud hostil. El Gran Visir amansó a la masa popular, restableciendo el orden. Se detuvo a los marroquíes considerados como más peligrosos y se puso bajo vigilancia domiciliaria a los dirigentes nacionalistas. Cuando Franco llegó de las Canarias el 19 de julio, se le entregó la Alta Comisaría. Éste retuvo el puesto, al que unía el de Jefe de las Fuerzas Militares de Marruecos y del Ejército de Operaciones del sur de España, hasta el 1 de octubre, fecha en que se hizo cargo de la Jefatura de Gobierno del Estado en Burgos y del mando militar, como Generalísimo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, y del de Operaciones. Suprimido el Gobierno, la Constitución y disuelta la Junta de Defensa Nacional, se designó para la Alta Comisaría al general Orgaz Yoldi. Desapareció la Dirección General de Marruecos y Colonias, como todos los restantes órganos de la Administración Central del Estado y heredó sus funciones una Secretaría de Marruecos, dependiente de la Presidencia de la Junta Técnica del Estado[15].

Tan pronto como estalló la guerra civil, se comenzó con la movilización de voluntarios marroquíes y durante el verano se organizaron los tabores de los Grupos de Fuerzas Regulares Indígenas y de la mehala, que pasaron a la Península en los primeros días de octubre. En los primeros quince días de este mes, se incorporaron a las columnas que luchaban en los frentes todos los tabores de los Grupos de Fuerzas Regulares de Indígenas y hasta diez tabores de la mehala, tropas éstas del Majzen, un verdadero ejército marroquí. La élite del ejército español estaba formada por los 47.000 soldados estacionados en Marruecos, de entre ellos, unos 17.000 eran voluntarios de los regulares o mehallas. Durante su insurrección, los marroquíes habían demostrado ser unos excelentes combatientes y soldados de infantería, por lo que, como voluntarios en las unidades españolas, se les tenía en alta estima. En los primeros seis meses del conflicto, los regulares desempeñaron un papel de suma importancia, su fama de feroces sembraba el pánico entre los milicianos de la República, como lo repetiré más tarde, fue crucial en la propaganda republicana el tildar a los regulares de invasores depravados. Los jefes militares del Protectorado habían empezado pronto a reclutar más voluntarios, incluso en Ifni, en el Sáhara o en el Marruecos francés. A los jóvenes les atraía la paga, alrededor de 4 pesetas diarias, y los llamamientos que acentuaban los valores casi propios de la yihad contra el “ateísmo rojo” y la “falta de Dios”. No les quedaba ninguna duda de que estaban combatiendo contra gente verdaderamente malvada. El ejército que había  conquistado y gobernaba el Protectorado había conseguido, en 1936, disfrutar de una reputación bastante buena entre la población nativa y ninguna mejor que la de Franco[16], facilitando el reclutamiento. Al menos una minoría de los reclutas procedía del Marruecos francés, donde, desde la Gran Guerra, existía la tradición de servir en un ejército europeo, con lo que, aunque París apoyase a la República, ese apoyo era menos importante entre los oficiales franceses destinados en África, que, a menudo, alentaron o al menos permitieron los reclutamientos. Los voluntarios se organizaban por distritos y cabilas, lo que dotaba a sus unidades de una fuerte solidaridad interna, pasaban por un breve periodo de instrucción y se les enviaba al frente a las órdenes de los oficiales españoles.

Durante la guerra, la aportación de efectivos humanos de Marruecos a las filas del Ejército Nacional fue masiva y para el año 1937 se constituyeron los décimos tabores de regulares y se duplicaron los efectivos de las mehalas jalifianas. Llegaron a componer una formidable infantería y a conseguir una estupenda reputación militar, en total fueron unos 75.000 los marroquíes los que lucharon para Franco (alrededor del 7% de todas las tropas nacionales), en total el 7’5 por ciento de la población marroquí, una décima parte de ellos procedía del Marruecos francés. En cuanto a los heridos y muertos en combate, en registros incompletos, en los que sólo hay contabilizados 62.272 voluntarios, constan 11.000 muertos. Un 18% de muertos resulta elevado incluso comparado con las bajas sufridas por las Brigadas Internacionales y los requetés. Teniendo en cuenta que los marroquíes constituían una minoría dentro del Cuerpo de Ejército Marroquí, no es difícil imaginar que debían ser destinados a los frentes más duros y a las ofensivas más peligrosas. En algunos momentos, hubo cierta resistencia marroquí al reclutamiento militar por parte de España. En agosto de 1936, se reprimió con severidad una protesta localizada, con el resultado de un muerto y sesenta arrestados. En invierno, se fraguó una conspiración el Rif, en una parte del Beni Urriagel (la antigua cabila de Abd el Krim), siendo reprimido brutalmente en marzo de 1937. Conforme se alargaba la guerra, crecía el descontento y en 1938 desertaron unos cuantos soldados marroquíes que se encontraban en su país de permiso, huyendo a Tanger o a la zona francesa. En el último apartado, profundizaré un poco más en estas cuestiones.

Antes de la guerra, los mandos españoles habían empezado a proyectar una cierta clase de ideología en el Protectorado, coexistían catolicismo e islamismo, aunque el primero disfrutase de una mayor soberanía política y militar, y como nada une más que un enemigo común, se adjudicó ese papel a la liberal y anticlerical Francia, con la cual era comparada la ocupación española, haciendo ver que esta era más humanitaria y más respetuosa con el islam. También se apeló al peligro de una posible invasión francesa, contra la que una victoria franquista en España serviría de barrera. Con tal de asegurarse el enclave, a los líderes locales se les hicieron ciertas concesiones, algunas simbólicas, pero otras más sustanciales y se mantuvo la preeminencia del islam y sus leyes: las tropas marroquíes no sólo recibían un rancho especial, acorde con los preceptos coránicos, sino que las autoridades españolas llegaron a fletar un barco para que algunos voluntarios selectos pudieran peregrinar a La Meca. Franco premió al Protectorado con diversas concesiones en el ámbito administrativo, quedando los nativos tan contentos, que el Comité de Acción Nacionalista y otros partidos nacionalistas menores entraron en una vía de amplia colaboración con la Alta Comisaria. A los partidos se les otorgaron ciertas concesiones y una gran libertad organizativa y de propaganda, siempre que estuviese dirigida contra la administración de la zona francesa. Incluso se satisficieron algunas de sus mínimas exigencias, como la de limitar la cantidad de tierra que podían poseer los extranjeros. Se trataba de una astuta política de la que España sacó partido[17]. También hubo cambios en la economía vinculándola fuertemente con la zona nacional, así, el sector que experimentó un mayor crecimiento fue el del mineral de hierro, que se orientó mayormente hacia Alemania. Los territorios de Marruecos sirvieron a los nacionales al menos tan bien como el África francesa había servido a Francia en la Primera Guerra Mundial, fue una retaguardia muy útil y productiva para los nacionales, una contribución decisiva a su victoria. Además, continuó como el pequeñísimo núcleo de un imperio afro-español que, entre 1939 y 1942, constituyó uno de los más importantes objetivos e ilusiones de Franco. Así la zona española de Marruecos entro en otra fase histórica como protectorado, pero dicho periodo no entra en el programa de este trabajo. Acto seguido, trataré de explicar la figura del “marroquí” en la sociedad española de los años treinta, finalizando con ello mi trabajo.

  1. 4.    Evolución de la figura del “moro” en la sociedad española de los años treinta

El contacto colonial generó un nuevo discurso y una nueva actitud que completaban la ya conocida figura del marroquí. Con la Guerra de Marruecos, aparecen las imágenes del “rifeño” y del “moro” y más adelante, se distinguirá de manera manipulada entre árabe y bereber. El “moro” de las cabilas será mostrado como el paradigma del primitivismo: violento, supersticioso y con estructuras sociales simples. La política colonial copiada de los franceses, diferenciará entre un marroquí “amigo” civilizado y un marroquí salvaje que se resistía a la presencia europea. Durante la guerra colonial y sobre todo en los años 20, mediante la prensa gubernamental y también por las cartas enviadas por los soldados, para justificar aquella guerra sin sentido haciendo hincapié en la misión civilizadora de España, se radicalizará la imagen que se tenía del rifeño, salvaje, cruel, holgazán y explotador de las mujeres[18]. Esta figura perdurará durante los años de la República hasta alcanzar su auge en la Guerra Civil. En la España Republicana, los regulares marroquíes eran un aliado cruel y despiadado del fascismo[19], para el franquismo en cambio, “el camarada moro” era una de las bases del alzamiento y el general Franco se haría rodear por la denominada Guardia Mora. La España Nacional presentó a los mercenarios marroquíes bajo una mitificación “pseudofraternal” que ocultaba los factores reales del reclutamiento. Los motivos del mismo están todavía por descubrir y abiertos a la discusión e investigación, siendo las razones varias: la alianza con los españoles de algunos cadíes, la miseria económica que asoló la región del Rif con la sequía de 1936, el deseo de recuperar las armas para luchar en un futuro contra el español colonizador, la obligatoriedad del alistamiento… Como se ha dicho, la resistencia que surgió al reclutamiento en el Rif provocó una fuerte represión militar y disturbios en la mayoría de las ciudades del Protectorado. No se comunicaba la muerte y menos aún las diversas bajas de los soldados y no siempre llegaban las pagas. A pesar de las arengas del Gran Visir, muchos hombres huían o desertaban por las noticias que llegaban del frente[20].

La idealización franquista también se apoyó en el retorno de los mitos del combatiente marroquí como amenaza, que tan efectivos serían contra el bando republicano. Para el ejército franquista, los soldados africanos constituyeron la “punta de lanza” y la “carne de cañón” primordial, la mortalidad de los marroquíes duplicaba a la de los españoles y alcanzó el 20% de los entre 60.000-150.000 que se calcula que participaron en la guerra. El bando nacional, en muchas ocasiones dio carta blanca a los mercenarios para que cometiesen todo tipo de atrocidades sobre la población, jugando con el miedo que infundía el tópico de la crueldad del “moro” y aprovechando que los mercenarios podían desahogarse con la población civil, como “venganza” al dominio colonial. Es sabido que esta crueldad era alentada por los oficiales franquistas. Como he mencionado anteriormente, consiguieron causar gran miedo y pánico tanto entre la población civil como entre los milicianos de la República, sobre todo durante la marcha de la Columna de la Muerte del general Yagüe por tierras andaluzas y extremeñas, allá por el verano del 36.

  1. Bibliografía

Azaña, M., Obras Completas, tomo 2.

Beevor A., La guerra civil Española. Crítica, Barcelona, 2005.

Benjelloun, Cf., “La participación de los mercenarios marroquíes en la Guerra Civil Española (1936-1939)”, en Madariaga, 1988.

Mateo Dieste, J.L., El “moro” entre los primitivos. El caso del protectorado español en Marruecos, Fundación “La Caixa”, Barcelona, 1996.

Payne Stanley G.,  40 preguntas fundamentales sobre la guerra civil. La esfera de los libros, Madrid, 2006.

Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992.

Sánchez Ruano F., Islam y Guerra Civil Española. Moros con Franco y con la República, La esfera de los libros, Madrid, 2004.


[1] Más en: Salas Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992.

 

[2] Mateo Dieste, J.L., El “moro” entre los primitivos. El caso del protectorado español en Marruecos, Fundación “La Caixa”, Barcelona, 1996.pp.72-73.

[3] Sánchez Ruano F., Islam y Guerra Civil Española. Moros con Franco y con la República, La esfera de los libros, Madrid, 2004.pp. 34

 

[4] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp. 115-123 y 217-237.

[5] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp.182.

[6] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp.183-184.

[7] Sánchez Ruano F., Islam y Guerra Civil Española. Moros con Franco y con la República, La esfera de los libros, Madrid, 2004.pp.36.

[8] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp.187.

[9] Azaña, M., Obras Completas, tomo 2.

[10] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp. 199-200.

[11] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp.197-199.

 

[12] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. Pp. 193-196.

[13] Salas  Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp. 190-192.

[14] Salas Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp.201-203.

[15] Salas Larrazábal, R., El protectorado de España en Marruecos, Colecciones Mapfre, Madrid, 1992. pp. 205-206.

 

[16] Payne Stanley G.,  40 preguntas fundamentales sobre la guerra civil. La esfera de los libros, Madrid, 2006.pp.356-358.

[17] Payne Stanley G.,  40 preguntas fundamentales sobre la guerra civil. La esfera de los libros, Madrid, 2006.pp.360.

[18] Mateo Dieste, J.L., El “moro” entre los primitivos. El caso del protectorado español en Marruecos, Fundación “La Caixa”, Barcelona, 1996.pp. 57-58.

[19] Cf. Benjelloun, “La participación de los mercenarios marroquíes en la Guerra Civil Española (1936-1939)”, en Madariaga, 1988.

[20] Ibidem.

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